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domingo, 13 de mayo de 2012

El deseo del analista...



En el post-freudismo lo que ocupó el lugar de lo que Lacan llamó el deseo del analista, fue el concepto de contra-transferencia. Por ejemplo, si ustedes leen el texto de un gran psicoanalista argentino inscripto en la escuela kleiniana, León Grinberg, su texto sobre la supervisión dice que en la contratrasferencia del analista, el conjunto de los efectos, ideas, pensamientos, sentimientos que el analista percibe en la sesión con sus pacientes se puede registrar en dos variantes: las trabas propias del analista y los efectos en el analista del decir de su paciente.  Existen grandes psicoanalistas, como Strachey en la historia del post-freudismo, y en la Argentina muchos analistas lo han tomado y lo siguen tomando como hasta hace poco este analista que desgraciadamente ahora está enfermo, persona muy culta, muy capaz, Mauricio Abadi, cuya idea del fin de un análisis es la identificación con el analista puesto en el lugar del ideal. Si el analista está puesto en el lugar del ideal es porque se supone que transitó suficientemente su análisis como para poder decirse que es un analista. Creo que a estas posiciones que no son desechables ‘in toto’ - no se trata de decir que todo esto está equivocado, requiere la necesariedad de un tamiz- es a lo que Lacan intenta responder con la cuestión del deseo del analista. Cuando digo que no nos manejemos al modo talibán es porque, por ejemplo, en una entrevista que le hicieron a François Dolto, que es alguien que nosotros valoramos, le preguntaron cómo pensaba ella el final del análisis de un analista, contestó refiriéndose a su propia experiencia: ‘mi análisis culminó cuando descubrí que las marcas de mi historia no hacían obstáculo a mi práctica como analista’.


Les puedo decir de mi práctica, pero cualquiera de ustedes podría dar testimonio de esto, por un lado el deseo del analista anticipa la posibilidad de la escena analítica pero también me encuentro muchas veces que es el discurso de mi paciente el que me ubica en el lugar adecuado, es por lo que se gesta en la transferencia que me veo reclamado, trasportado al buen lugar. Entonces, uno podría decir, como en lo del huevo y la gallina, si bien no es recíproco, hay una relación donde ese deseo otorga la posibilidad de que haya un análisis, pero también la transferencia, si el analista se dispone a que suceda, propicia que se reubique en el lugar del deseo, bajo los modos más variados, a veces puede ser cómico, amistoso, como cuando el paciente dice ‘eso ya me lo dijo diez veces y no me sirve de nada’, ¿a quién no le ha pasado?. Hay veces que la transferencia no funciona como obturador sino como un buen reclamo al lugar del analista.
(...)
Por un lado tenemos un aforismo que muchas veces repetimos ‘el analista es aquél que suspende su goce para no ceder en su deseo’. Está bien pero escamotea una pregunta: ¿hay o no un goce del analista en su práctica? ¿Cuál es? ¿Cómo podría articularse a otro aforismo que dice ‘suspende su goce para no ceder en su deseo? Tendríamos que recordar que a partir de Encore hablar de goce es muy pobre, Lacan habla de goces. En parte la función del analista sitúa del lado del analista, aunque no se agota en eso -vuelvo a insistir que se trata de una ligazón entre pulsión de vida y pulsión de muerte- la pulsión de muerte. Hay un goce del encuentro con la nada. Pero que no se agota en eso porque si el analista sólo quedara en eso sería la negación de la cura y Lacan nunca renunció al concepto de cura. En general, cuando hablo con un analista y se lo pregunto directamente, nunca encontré alguno que me dijera ‘a mi me da lo mismo que al paciente le vaya bien o le vaya mal’, no le da lo mismo y me parece bien. También sabemos que, si como dijo Freud, queremos curar, debemos suspender nuestro anhelo de curar y ejercer la función de analizar. Sólo entonces habrá cura.

Isidoro Vegh
El deseo del analista