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miércoles, 18 de julio de 2012

Vacilaciones del deseo del analista...

 
La convergencia del amor y el saber que propicia la transferencia se sostiene en una función que Lacán recortó como su pilar y que denominó Sujeto supuesto Saber. Aquel a quien le supongo el saber lo amo, así lo dice en el Seminario AUN. Siendo este amor necesario para la instalación de la transferencia, el analista debe, sin embargo, declinar la posición del saber y reconducir el amor hacia el saber del inconciente.
De lo contrario la transferencia puede subrayar su vertiente imaginaria, aquella que hace que el sujeto se haga amar e induzca al analista a ser amable con él. Esta vertiente es solidaria de la posición de Ideal que el analista puede verse llevado a ocupar en la transferencia. Si en un polo alguien encarna la posición de Ideal, líder o hipnotizador en Freud, en el otro polo hay masa, no sujeto.
Posición no sólo anti-analítica, sino peligrosa: si el amor es al analista en posición de Ideal más que al saber que se juega en la transferencia, el saber del inconsciente, la contracara del amor, el odio, puede fácilmente, hacer su irrupción en la escena del análisis. Y no precisamente en su vertiente más benéfica, la que propicia la separación simbólica. Estancamientos del análisis, transferencias beligerantes, interrupciones, son sus figuras más frecuentes.
Dijo también Lacán: Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a, te mutilo. Ya Freud había dejado en claro el vínculo intrínseco entre el amor narcisista y el autoerotismo. Lo integrador del narcisismo asienta sobre lo parcial del autoerotismo. De raigambre freudiana, la frase de Lacán denuncia el tiempo transferencial en que domina la función presencia del analista, en que se acentúa lo real de la transferencia. El objeto se ha alojado del lado del analista, de la mano de la transferencia amorosa. El analista tendrá que jugar su presencia en las interpretaciones para manejar este difícil tiempo transferencial.
Por un lado o por el otro entonces, el amor, indispensable en la transferencia, trae sus dificultades que sólo la preeminencia de la función deseo del analista permite abordar. Pensarla como función, limpia el campo de cualquier confusión con deseos del analista en particular que el concepto pueda evocar. Función deseo del analista que promueve la máxima diferencia entre el lugar del Ideal, en el que erróneamente se puede ubicar el analista, y el lugar para alojar el objeto de la transferencia.
Es la puesta en acto de esta función lo que lleva al analizante a ocuparse, más allá del fantasma, de la pulsión, del objeto, de la fijación. Y es la lectura de la letra del sujeto por parte del analista el andarivel principal por donde transcurre esta función.
Mecanismo fundamental de la operación analítica, así nombra Lacán al deseo del analista en los cuatro conceptos. Para cumplir esta función no sólo se requiere que el analista decline el lugar de Ideal sino que lo haga en el ejercicio de la docta ignorancia, que esté más atento a la letra del sujeto que a su saber teórico. La condición de esta función es, entonces, el análisis del analista.
El tránsito de un análisis, lo diría así, es el tránsito del objeto a desde el lugar inicial de verdad del goce ignorado del síntoma, discurso histérico, hacia el lugar de agente de discurso en que se aloja, si el analista se ofrece como vacío y no como Ideal, discurso del analista. Si es el analista el que encarna al hipnotizado. Ofrecer un vacío para que allí reine el semblante de a, es todo lo contrario de ofrecerse como saber teórico o como Ideal porque en este caso el vaciado es el sujeto.
El saber que no se sabe se soporta en el significante como tal, en el significante localizado, en la letra. Por eso dice Lacán, en AUN, que el saber está en el Otro, en el orden Simbólico, y es ahí donde converge con la verdad. Si, agrego y repito, quien sostiene la transferencia se supedita a la letra del sujeto posibilitando que funcione el discurso analítico, en el cual el saber está en el lugar de la verdad y desde allí interpela al sujeto.
 
 Patricia Leyack