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miércoles, 11 de abril de 2012

La masturbación como refugio...



El hombre “lacaniano”, tal como atraviesa los seminarios y los Escritos, es por el contrario un ser pesado, estorbado, embarazado por el tener. El tener es un estorbo, y como él tiene algo por perder, está condenado a la cautela. El hombre “lacaniano” es fundamentalmente miedoso. Y, por supuesto, ocurre que cuando va a la guerra es para huir de las mujeres, para huir del agujero. De modo que el hombre no es sin semblantes, pero son semblantes para proteger su pequeño tener. No es el caso del semblante propiamente dicho, el semblante femenino, que es máscara de la falta. Se podría hablar de la subjetivización del órgano genital en el hombre. El “tengo” como sentimiento que le da una superioridad de propietario un bien que implica, también, el miedo a que se lo roben. He aquí una cobardía masculina que contrasta con el sin límites femeninos. El tengo está claramente vinculado con la masturbación. El goce fálico es por excelencia goce de propietario. Significa que el sujeto no da a nadie la llave de la caja, llegando a veces incluso hasta protegerse con la impotencia, y de un modo satisfactorio. Ocurre que, cuando finalmente da, es como si fuese víctima de un robo, a tal punto que conserva a un costado la masturbación como refugio para preservar un goce para sí mismo: uno para ella y uno para mí.  

Jacques Alain Miller
Las Mujeres y los Nombres del Padre